Por Juan Montes – 26/05/2026
En un costado del escenario de Ecos, el nuevo espectáculo de Soda Stereo, Gustavo Cerati toca intacto con un traje azul. Charly Alberti y Zeta Bosio están al lado; reales, envejecidos, tocando en vivo. El público salta, canta, llora. Todos saben que Cerati no está realmente, pero no importa, y eso es exactamente lo que hace interesante este fenómeno. No la tecnología detrás, sino lo que revela sobre la relación entre una audiencia y la identidad visual que un artista construyó a lo largo de su carrera.
En la industria de la música se construye presencia, no solo canciones. Una forma de moverse en el escenario, una paleta visual, una época entera condensada en gestos que el público aprende a leer como un universo compartido. Esa construcción ocurre a lo largo de años: en videoclips, en shows en vivo, en cada decisión de dirección creativa e identidad visual que el artista toma conscientemente o no. Y en algún punto de ese proceso la imagen se desprende de la persona. El personaje que el artista construyó empieza a tener vida propia en la memoria colectiva y es ahí en donde estos shows tienen sentido: reactivar el universo visual que el público nunca terminó de soltar.
El caso más ambicioso hasta ahora lo protagoniza ABBA con su residencia ABBA Voyage, donde los cuatro integrantes de la banda crearon versiones digitales de sí mismos tal como se veían en 1979, capturadas con motion capture por Industrial Light & Magic, la compañía de efectos visuales de George Lucas. El resultado es una residencia en una arena construida especialmente para el show en Londres, con shows todas las semanas y doble función en algunas fechas. Desde su estreno en 2022 pasaron más de cuatro millones de personas y viene recaudando más de 150 millones de dólares en ventas totales. El show no es solo un espectáculo y se convierte en una industria.
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Lo que hace a ABBA Voyage particularmente revelador es que los propios artistas participaron del proceso: eligieron cómo querían verse, en qué momento de su carrera, con qué identidad visual querían quedar fijados para siempre. Esa decisión es creativa antes que tecnológica y marca una diferencia enorme respecto a los casos en donde la familia o la industria toman esa decisión después de la muerte del artista. Tupac Shakur, Whitney Houston, Elvis Presley, Michael Jackson, entre otros que vuelve a los escenarios después de su muerte; en todos esos casos alguien más decidió cómo iba a verse el artista en escena. Con resultados desiguales: algunos shows generaron ovaciones, otros críticas fuertes por sentirse más como un negocio que como un homenaje.
El caso más reciente es el de Ozzy Osbourne. Un año después de su muerte, su familia ya anunció la creación de un avatar interactivo de tamaño real. La reacción de los fans fue inmediata y gran parte negativa. Sharon Osbourne respondió con una frase que resume perfectamente la lógica detrás de todos estos proyectos: “Elvis murió hace 50 años y todo el mundo conoce a Elvis. Yo quiero eso para Ozzy.” Una declaración sobre el poder de la identidad visual, sobre la convicción de que la imagen que un artista construyó en vida puede seguir expandiendo su universo mucho después de que el artista ya no esté.
Soda Stereo con Ecos lleva más de diez fechas en el Movistar Arena de Buenos Aires con entradas agotadas y la gira continúa por toda América y Europa. El público que llena esos shows no es solo el que vio a la banda en los años 80 y 90, son también generaciones que conocieron a Cerati a través de las plataformas, que construyeron su relación con esa música a partir de imágenes, presentaciones en vivo y videoclips. Para ellos, ver a Cerati en escena no es nostalgia, es el primer encuentro en vivo con un universo visual que ya habitaban de otra forma.
Y acá aparece algo que vale la pena nombrar: un show en vivo no es solo música, conforma un ritual. La gente no va únicamente a escuchar canciones que ya conoce, quiere estar en el mismo lugar, al mismo tiempo, con otras miles de personas que sienten lo mismo. Y hay algo paradójico en eso: la experiencia es personal y al mismo tiempo colectiva. Esa tensión es lo que en las pantallas no se puede replicar y es exactamente lo que estos shows aprovechan. La imagen del artista es una excusa, al final el ritual alrededor de esa imagen es el verdadero producto.
El ensayista Simon Reynolds describe nuestra época como profundamente “retromaniaca”: una cultura que encuentra su sentido de avance volviendo sobre sus propios referentes. Pero lo que ocurre en estos shows va más allá de la nostalgia. Es una audiencia que decide congregarse alrededor de una identidad visual para confirmar que el vínculo sigue intacto. Y hay algo en la propia naturaleza de esa imagen proyectada que dice todo: nunca está del todo presente. Nace y se desvanece en un ciclo constante, igual que la memoria que la convoca. La pregunta que queda abierta no es sobre el futuro de estos shows. Sino hasta dónde llega ese deseo y quién tiene el derecho de decidir cómo se ve un artista cuando ya es, en el fondo, pura imagen.