Las plataformas de música están llenas de IA. ¿Qué pasa en el audiovisual? 

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Por Juan Montes – 18/05/2026


Hace poco, Oliver Schusser (Vicepresidente de Apple Music) reveló en el podcast Billboard On The Record un dato revelador: más de un tercio de las canciones que recibe la plataforma están creadas en un 100% con Inteligencia Artificial.

La música en streaming se está inundando de lo que muchos ya llaman AI slop. Según un reporte de Deezer, cada día se suben casi 75.000 tracks generados completamente por IA, lo que representa el 44% de todas sus novedades mensuales. Spotify por su parte, tuvo que eliminar más de 75 millones de canciones catalogadas como spam en el último año.

Sin embargo es acá donde aparece una paradoja central en donde la inteligencia artificial puede saturar las plataformas, pero no logran despertar el interés humano. De hecho, en Apple Music el consumo real de esas canciones por parte de los usuarios se ubica por debajo del 0,5%.

¿Y qué pasa en las pantallas?

En YouTube, TikTok y X emerge un fenómeno particular: videos musicales no oficiales creados por fans con herramientas de IA que acumulan millones de vistas y expanden el universo visual de una canción. Son experimentos que funcionan no por la tecnología en sí, sino porque detrás existe una intención humana: una lectura, una sensibilidad, una perspectiva. Hay videoclips que recrean el carisma de artistas fallecidos o retirados, y otros que imaginan cómo habría sido el video de un tema que nunca tuvo un video oficial. La ejecución puede ser algorítmica, pero el algoritmo sigue estando al servicio de una mirada. Y ahí es donde todo cambia.

Cuando cruzamos la línea hacia el contenido audiovisual y musical oficial de la industria, la dinámica se invierte. Una encuesta publicada por The Verge revela que el 66% de la audiencia asegura que jamás consumiría contenido sabiendo que es puramente de IA, y un 52% se niega a aceptar que sus artistas favoritos utilicen esta herramienta. El público tolera e incluso celebra la IA como instrumento de co-creación. Lo que rechaza es la IA como sustituto de la autoría.

El atajo que no lleva a ningún lado

En un contexto donde los presupuestos se recortan y el algoritmo motiva el contenido corto y rápido, delegar la dirección visual en una herramienta generativa puede parecer una solución razonable. Pero ahí está el problema: no es una solución de dirección, sino de producción. Y la dirección creativa no es producción.

La verdadera función de un videoclip oficial nunca fue técnica. Fue siempre la de construir un ritual: un objeto que una audiencia puede habitar colectivamente, que expande el universo de una canción hacia algo más grande que el propio track. Eso requiere decisiones: sobre el riesgo, sobre la vulnerabilidad, sobre qué se muestra y qué no, que no se pueden automatizar porque dependen de un punto de vista. De una persona que tiene algo que decir sobre cómo se ve esta canción en el mundo.

En un ecosistema saturado de contenido generado, la dirección creativa es la única variable que la IA no puede sustituir.

Lo que el algoritmo no puede fingir

La cantidad de contenido automatizado no está generando indiferencia. Está generando una demanda renovada de autenticidad. La audiencia no está pidiendo más perfección, está pidiendo saber que hay alguien del otro lado. Alguien que eligió un encuadre, una paleta de colores, un momento con propósito. Alguien que apostó algo.

Y frente a la abundancia infinita del algoritmo, lo escaso (y por eso lo valioso) es la intención humana.

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